El portero del edificio del diario, el que está a la mañana, es más serio y necrótico que la campaña del carné de conducir por puntos en España.En realidad, más que serio lo que tiene es cara de asesino serial, de resentido social. Además una cicatriz atraviesa la parte inferior derecha de su rostro que le da un toque de hampón de la época de la Ley Seca.
Aunque intentamos averiguarlo con los muchachos de Locales, nunca supimos el origen de esa cicatriz.
Solterón -o al menos eso es lo que se sabe de él- aparenta más de 50 años de edad. Nunca mostró cambios en sus gestos. Ni sonrisa alguna. Ni llanto. Su aspecto es siempre el mismo. Vamos, ideal para jugar al póker.
Venía con calor de la calle esa mañana y toparme al portero del hampa me puso de peor humor. Traté de no darle importancia, así que crucé el pasillo de entrada y pasé por el departamento de Fotografía para ver las novedades de la madrugada. Había ido temprano al periódico, a eso de las 11 de la mañana, con la intención de ver qué había y para charlar un rato con el jefe.
De pie, en la puerta, estaba Largo, Largo Gral, un fotógrafo insensible al que todos los hechos le resultan iguales. En realidad se trata del mejor amigo que tengo en el diario y aunque a él no le gusta que le llamen así, y lo entiendo, al único que se lo permite es a mí.
Le puse el apodo ‘Largo’ por esa viejo vicio de buscar los palíndromos de los nombres propios y de los apellidos.
Además, Largo Gral suena bien para un fotógrafo de un metro y medio de altura, que gruñe cuando se enoja o algo le sale mal y cuyo rostro tiene un parecido único e irrepetible con Ted Cassidy, el actor que interpretaba al mayordomo de Los Locos Addams.
Él, en cambio, y aún sabiendo que eso me molesta, me llama Licenciado, por mi pasado viviendo algunos años en México.
Es, además de mi fotógrafo, un muy buen amigo.
Lo del tema de los apodos es algo en lo que se podríamos decir que estamos a mano.
Largo me puso al tanto de las novedades de la noche: sólo un argentino muerto a balazos, en la madrugada, como a las 5 AM. “Un trabajo ordenado, preparado de antemano” dijo, y agregó: “los azules no saben nada y están totalmente desconcertados con el crimen”.
Le pregunté si había tomado fotos del cuerpo, a menudo el cuerpo de un asesinado -esto me lo enseñaron los policías viejos- dice más que los testigos presenciales.
“No muchas”, fue la respuesta de Largo, y puso los negativos sobre la mesa de visualización. Había tomado tres o cuatro fotos del cuerpo, la misma cantidad en cada una de las heridas mortales, el lugar de los hechos, su casa, su coche y una prostituta de la zona que andaba rondando por ahí cuando se produjo el asesinato.
Pensé, por la calidad de las imágenes de la trabajadora del gremio de la carne, que ella había sido testigo del hecho o había escuchado o visto algo o que había brindado sus servicios al occiso; pero no. “Nada que ver, Licenciado. A la putilla le saqué las fotos a cambio de un trabajito que me hizo. La conocía, es una chupóptera insaciable”, explicó Gral.
Al final, un pequeño rollo de negativos -Largo se niega a trabajar con cámaras digitales- mostraba las imágenes de una mujer llorando, como desconsolada.
- La novia -dijo el fotógrafo-.
- ¿La novia de la puta? -le pregunté-.
- No, Licenciado. La novia del muerto, del argentino.
El muerto no era un tipo cualquiera. Abogado de profesión y argentino de nacimiento, vivía en Ibiza desde los años ‘80. A principios de esa década llegó a España y tras algunos años en Barcelona y en Palma de Mallorca, se instaló definitivamente en las Pitiusas en el ‘85.
En 1988, aproximadamente, comenzó a hacer fortuna. Por los buenos contactos que manejaba a nivel político, obtuvo en ese entonces la habilitación de un Notariado, y eso, tras 20 años de trabajo, le permitió amasar una pequeña suma de dinero. Buenos ahorros.
Bien parecido, vestía siempre con mucha elegancia y era tan sociable y simpático como Ana Obregón promocionando uno de sus novios nuevos.
Rubén Aparicio González (los dos primeros son nombres) no aparentaba tener enemigos.
Largo me pasó todos los datos que tenía y de inmediato me fui a hablar con El Viejo, el jefe.
El Viejo era el Secretario de Redacción del periódico; un tipo sin formación académica o intelectual pero con mucho oficio. Tenía unos 60 años y fumaba más de lo que respiraba. Sabía lo que escribía pero, fundamentalmente, sabía manejar el periódico. Yo era una de sus mejores armas en el diario y teníamos una relación de amigos más que de trabajo.
Además, siempre que necesitaba algo recurría a él.
El Viejo me contó lo que sabía: un argentino muerto por dos balazos, uno en el brazo y el otro en el corazón. “Murió en el acto”, dijo.
Pensé que era buena idea entrevistar a la novia del muerto, pero el Viejo ya había mandado a Paco Suárez, uno de los reporteros más inútiles del diario. Para aprovechar la salida, lo había enviado a hacer dos entrevistas: una a un travesti al que habían golpeado en la madrugada en una de las calles cercanas al Puerto Marítimo de Formentera y la otra a la novia del difunto argentino.
“Tá bien” le dije y me fui a hablar por teléfono con uno de mis contactos en la Policía Municipal, un viejo amigo de tertulias que hacía las veces de comentarista deportivo en una radio local y, cuando podía, corría en moto. Tenía un cargo importante y siempre que podía me filtraba información muy buena.
Buen tío, salvo por el hecho de adorar al Real Madrid más que a su mujer.
No es que tenga algo en particular con el Real Madrid, pero es que su mujer merece todas las adoraciones. Es un chiringuito de playa la catalana: tiene de todo.
Con mi amigo conseguí alguna información más, pero nada de vital importancia.
En efecto, el argentino no tenía enemigos, al menos que se le conocieran, pero tampoco había sufrido un asalto en el momento de recibir los dos balazos. Su coche había quedado abierto y con las llaves puestas, su cartera quedó íntegra con más de 600 euros dentro y un hermoso anillo de oro y un reloj de la marca Rolex adornaban su mano izquierda que, al igual que él, perecía sin vida cuando lo encontraron.
- ¿Cuándo lo encontraron ya estaba muerto? -le pregunté-.
- Confirmado -dijo el policía-. Y además ya le habían dado los dos balazos. -agregó-.
- Que putada… ¿Y saben quién lo encontró? -insistí con otra pregunta-.
- Un travesti…
- Ya se. Uno que golpearon y le dejaron un ojo negro.
- No -dijo el municipal-. Uno de los nuestros. Estaba de servicio y hacía una ronda con el uniforme nuevo. Una falda azul, plisada. Le queda preciosa.
- Mira que bueno. ¿Los policías travas pueden usar faldas? -insistí con mi tercer pregunta-.
- Si, si así lo desean. A Roberto… eh, perdón, es la costumbre. A Mara le encanta usar faldas. Además le sientan bien. No se, es como que lo hacen… bueno, ‘la’ hacen más femenina.
El municipal me contó, además, que el muerto no tenía deudas ni conflictos que pudieran suponer la presencia de alguien que quisiera cargárselo. No había en su pasado español nada raro; sin embargo estaba claro que se trataba de un ajuste de cuentas.
Antes de irme, insistí con una cuarta pregunta:
- ¿Se puede confirmar que Mara está operada?
- Si -dijo el oficial mirándome a los ojos-, pero por ahora sólo de los pechos. Es que la otra cirugía es bastante cara, pobre Rober… eh, pobre Mara. Está ahorrando para hacérsela. Mientras tanto sigue meando de pie.
Paco Suárez llegó al diario pasado el mediodía y me fui tras él a la oficina del Viejo. Nos reunimos los tres y el fotógrafo que había acompañado a Suárez.
No habían traído nada.
Según dijo el inútil reportero el travesti lo atendió por la ventana de una casa con rejas, explicándole que no iba a hablar y que nadie la había golpeado. Paco aseguró que el travestido estaba muy mal anímicamente, y que temblaba y lloraba al mismo tiempo.
- Además aseguraba haber perdido al hombre de su vida -explicó Suárez- Joder, parecía una mujer.
- Bueno Paco, ¿en qué quedamos? ¿Dijo haber perdido al hombre de su vida o a la mujer de su vida? -pregunté con mala leche-.
- Al hombre. La que parecía una mujer era el travesti.
La novia del argentino, en tanto, “prefirió no hablar de su novio y me insistió para que le haga una entrevista por un golpe en su ojo izquierdo”, agregó el reportero.
El Viejo me miró con un gesto de disconformidad antes de que el inútil terminara de hablar. Me cerró un ojo y me hizo una mueca con la cara, que fue más que suficiente para entender lo que había pasado. El Viejo estaba a punto de hablar pero lo interrumpí con la frase que uso siempre con él:
- Un momento jefe -imitando a Maxwel Smart-. Creo que va a ser mejor que Paco me acompañe para que vayamos juntos a intentar hablar con las dos mujeres. Bueno, quiero decir con el trava y la novia del argentino asesinado.
- De acuerdo -dijo el Viejo mientras encendía otro cigarrillo con el que iba a apagar-.
Camino al coche pasé a buscarlo al fotógrafo.
- Largo, acompáñame y trae las fotos del argentino -le dije-.
- ¿Las del Diego? -preguntó el infeliz-.
- No. Las de Maradona no. Las de González, el que mataron anoche.
- Es que sólo tengo de cuando estaba muerto. De González, en vida, pude recuperar sólo una foto carné 4 x 4 color con fondo blanco que se había sacado hace un par de años en el laboratorio de unos amigos.
- Tráelas a todas. Y vamos en tu coche, así las voy revisando mientras conduces.
Subimos al barco del Gral -es un ex coche fúnebre reformado, de unos 8 ó 10 metros de longitud- y apenas nos pusimos en marcha me giré en el asiento delantero y le dije de todo al imbécil de Suárez, por haber confundido a las dos destinatarias de las entrevistas.
- No puedes ser tan inservible, Paco. La tía que estaba encerrada en la casa con rejas no era el travesti, era la viuda. O bueno, la novia del muerto.
- Ahhhhh.
- El trava era el que tenía el ojo negro.
- Ahhhh.
- ¿No te diste cuenta? ¿Dónde vivís, en un iceberg?.
- Con razón que parecía una mujer hecha y derecha. Era una tía.
- Claro que era una tía, infeliz. Era la novia del muerto.
- Perdona Güito, lo que pasa es que últimamente con eso de la violencia de género, cada vez que ves un ojo negro resulta ser el de una mujer. Jamás pensé que detrás de ese antifaz se escondiera un hombre.
- Claro que sí. No siempre se esconde un bandido detrás de un antifaz.
- Ahhh.
Estaba a punto de mandarlo a la mierda y bajarlo del coche cuando Largo me puso los pies sobre la tierra: “Tranquilo Licenciado. No se ponga loquito que se le va a subir la presión al 22 y éste no vale ni para un dolor de cabeza. Además, no se olvide que fue usted el que lo hizo entrar a este tío al periódico. Mejor cálmese y deje que la sangre siga su cauce que no estamos para sustos”.
Tenía razón.
Paco era aún estudiante de periodismo cuando lo convencí al Viejo para que lo metiera de redactor con la intención de que vaya haciendo sus primeras armas.
Fue un favor que le hice a su hermanita Guadalupe, porque siempre que lo necesité ella me hizo el favor a mí. Tenía el mejor cuerpo de la isla y lo usaba mejor que un contorsionista. Fue hace casi 10 años, en esa época Paco era mejor redactor que ahora pero su hermana, en cambio, mejora con los años. “Lupita, hermosa cosita“ le decían en San Antonio. En realidad era tan imbécil como Paco pero con un cuerpo, una sonrisa y una piel envidiados en todas las islas Baleares.
Cuando llegamos al centro, Largo se las arregló para aparcar frente a la casa del travesti y allí mismo lo dejamos al inútil para que haga la entrevista. “No te olvides que éste es el travesti al que atacaron y golpearon, por eso tiene un ojo negro”, le recordé a Suárez con la calma que logré pensando en su hermana.
Dos minutos después llegábamos a la casa de la novia del argentino.
La mujer nos recibió con mucha amabilidad, e incluso nos hizo pasar a Largo y a mi, a la sala.
La bonita viuda -o casi viuda- estaba realmente compungida por lo que le pedí a Largo, con un cierre de ojo y una mueca hecha con la mano como si estuviese espantando moscas, que no le tomara fotos en ese estado.
Ella se disculpó enseguida por su imagen. Realmente, su rostro estaba muy demacrado por el llanto y por la situación que había vivido en las últimas horas:
- Es que, además de todo lo que estoy pasando por la muerte de Rubén; encima de toda esa brutalidad y de su asesinato -decía la mujer sollozando- encima tengo que soportar a periodistas que me toman de travesti.
- ¿Cómo? -le pregunté sorprendido-.
- Sí. Se los juro. Fue esta mañana, un reportero me aseguraba que yo era un travestido y que me habían golpeado…
- Joder -dije y pensé para mis adentros que no sólo Paco había confundido a las mujeres. ¿Cómo pueden existir dos reporteros que confundan a esta belleza de mujer con un trava?-. Hay de todo en la viña del Señor.
Atendiendo al momento, le pedí a la mujer que se calmara, a la vez que le avisaba a Largo con otro cierre de ojo que guardara definitivamente la cámara. Como no lo entendió de una, le insistí con una señal de mi mano derecha haciendo el gesto de meter dentro de algo, de arriba hacia abajo con la mano en racimo.
El fotógrafo pensó que le indicaba otra cosa y empezó a hacer gestos para irse, guardando sus cosas.
Otra vez le indiqué con la mano que no; que se quede pero que guarde -nuevamente el gesto de la mano en racimo- la cámara. Respondió con el dedo pulgar en alto y sin disimulo alguno, ya optó por despedirse y empezar a salir de la casa.
- Bueno... Yo mejor me voy, Licenciado -dijo el muy tonto haciéndose el desentendido como perro que volteó la comida-.
- Que no Largo. Que no. Que te quedes pero que guardes la cámara -terminé diciéndole-.
Por fin lo entendió.
Esa siesta no iba a haber lugar para las instantáneas. Además, ya teníamos fotos de la mujer.
Largo comprendió lo que le pedía; me conoce desde hace muchos años y sabe cuando necesito un favor de él.
La novia del occiso, de nombre Elisa, era muy dulce y sensible, en especial por la música. La sala donde nos recibió estaba llena de cajitas de música, hecho que relacioné inobjetablemente con su nombre.
Elisa tenía buenos hombros, busto apetecible y un poco más elevado que el de una mujer de su edad; labios carnosos y una falda negra silueteaba dos piernas que rayaban la perfección.
Se sentía sola y desconsolada, y eso se notaba en su rostro.
Para romper el hielo le dije que había conocido a su novio en vida, que me había realizado varios trámites personales en su Notaría, y que sin duda era un buen tipo.
- No tengo dudas -le aseguré a la mujer-. Rubén no tenía enemigos.
- Yo tampoco lo creía -contestó ella sin dejar de llorar-. Pero había alguien que no lo quería.
Ante el llanto de Elisa, me acomodé en el sillón grande, a su lado, y la tomé de las manos para tratar de consolarla.
Era como si un ataque de ansiedad se hubiese apoderado de ella.
Le dije que se tranquilizara, que se iba a encontrar al culpable. “Es lo que espero” dijo, y volvió a insistir con el tema de que existía alguien que no le quería.
Rubén González, de acuerdo a lo que estaba diciendo su novia, tenía un enemigo.
La mujer nos dijo que había algo que no se había animado a contar a la policía, quizás por el shock que había sufrido minutos antes de que le tomaran declaración o quizás porque ninguno de los uniformados se lo había preguntado.
“Hace unos días Rubén recibió una llamada telefónica de un desconocido desde un móvil de esos que no te indica el número de donde te llaman, y en esa llamada un hombre en tono anglosajón le hizo una amenaza. Algo así como que iba hacerle pagar por lo que había hecho, por ‘aquellos festejos’ le dijo textualmente el inglés, en un castellano que Rubén comprendió muy bien y que luego me transmitió a mí, ese mismo día. Mi novio insistió en que le habían hecho la amenaza por ‘aquellos festejos’”, afirmó la mujer.
Para Elisa su novio había relacionado el hecho con el fútbol. “A él, como a casi topos los argentinos, le encantaba el fútbol”.
Para Elisa, el crimen de Rubén González tenía sus orígenes en ese deporte.
Para Elisa era el tema que sonaba en las cajitas de música.
- ¿Podrá quitar esa música que no cesa? -le pregunté a la mujer sacándola de tema-.
- Lo haría con todo gusto pero llevo tres días tratando de descubrir cuál de las cajitas musicales es la que suena. Sin dudas es una que funciona a pilas, no a cuerda, por lo que deberé esperar a que termine la batería.
Nos miramos con Largo como diciéndonos algo y tras algunos segundos de silencio, él me sugirió, volviendo al tema del asesinato de González.
- Licenciado, ¿tendrá algo que ver la mano de Dios en todo esto?
- ¿Cómo? -le pregunté- ¿Me estás diciendo, Largo, que crees que hubo una mano extraña o desconocida que puso en marcha la música en la sala?
- No, Licenciado. Estaba hablando del asesinado de Rubén González.
- Ah. Ok -dije sorprendido-. Creo que has dado en la tecla.
Exacto.
Estaba clarita la estafa: un balazo en el brazo y el otro en el corazón. Algo había en todo este crimen relacionado con el Mundial de México de 1986.
Largo no tenía dudas de que podía ser eso y Elisa estaba segura de que tenía relación con el fútbol. Pero yo tenía aún algunas dudas: ¿Quién había abierto la cajita musical con ese sonido insoportable? ¿Cómo puede una persona vivir escuchando constantemente el inexcusable tema ‘Para Elisa’? ¿Habrá ganado tanto dinero González como para que esa tía, estando tan buena como estaba, fuese su novia? ¿Eran naturales las tetas de Elisa o estaban operadas? Y, finalmente, ¿qué número había salido la noche anterior en la lotería?.
Tenía que averiguarlo.
Salí de la casa de Elisa tras abrazar, besar y dar mi más sentido pésame a la joven viuda.
Mi abrazo la contuvo a la vez que sirvió para detectar la falta de calor de aquella mujer.
Su desconsuelo.
Su dolor.
Su soledad en aquel momento.
Y su cuerpo pegadito al mío. ¡Por Dios, qué mujer! Cuánta carne tan bien repartida.
Largo sólo le dio la mano.
“Trataré de averiguar lo que ha sucedido” le dije, y nos fuimos.
Lo que le dije, lo tomó al pie de la letra, como una promesa.
Ni bien arribamos nuevamente al periódico me fui a verlo a Dick, el inglés: un lúcido comercial que trabajaba en Ventas atendiendo a grandes clientes. Llevaba muchos años en Ibiza y conocía muy bien a sus compatriotas. Hablando un español decididamente cruzado, Dick Steven Jiménez fue inglés por casualidad, porque su padre -un marinero español de toda la vida- se enrolló con una inglesa en un puerto británico y fruto de esa relación él vino al mundo. Pero en realidad llevaba muchos años viviendo en la isla.
Buen tipo, Dick adora el fútbol con la violencia de un hooligan inglés y la pasión de un barra brava argentino. Habla un castellano sumamente cerrado, con un claro acento inglés en su pronunciación. Pausado en la forma de hablar, se toma todo el tiempo del mundo para analizar un problema y, como todo inglés, encontrar la solución más acertada. Cauto, perseverante y analítico, Dick Steven Jiménez conoce como nadie a los británicos, maneja los tiempos como un reloj suizo, sabe a qué hora llegar a tiempo aún llegando tarde a una cita con un español y posee una enorme lista de chistes de españoles, otra de polacos y otra de argentinos.
Además, nunca se le escapan los números de la lotería.
Alguna vez intentó dejar apagado el móvil, pero le resultó imposible: “Fue más fácil dejar de fumar”, dijo.
Nunca, bajo ningún aspecto, va a tener una respuesta negativa a algo; siempre va a intentar cumplir un proyecto. Le conozco a Dick muchas virtudes. Todas las que tiene. Y un solo defecto: considera que Pelé fue mejor jugador que Maradona.
A veces pienso que lo dice para hacerme enojar.
Jiménez me recibió en su oficina y escuchó atentamente los hechos tal como se los fui narrando.
Me dijo que en caso de tratarse de un asesino inglés que había visitado la isla con un objetivo claro, éste andaría en un automóvil grande, con volante a la derecha como los que alquilaban en alguna empresa de renta de coches, y perfectamente sobrio y elegantemente vestido.
Los datos me servían.
Lástima que no había leído los números de lotería.
Me fui nuevamente a la oficina del Viejo y éste me pidió que le acompañara afuera, que quería fumarse un cigarrillo.
- Un momento jefe -volví a decirle, y recogí lápiz y papel para tomar nota-.
En la acera el Viejo me preguntó qué tenía sobre la mesa.
Le dije la verdad.
- Están las dos botellas de cerveza vacías que me tomé anoche con una pizza, la caja de cartón de la pizza, un mechero negro…
- No. No. No. -me interrumpió el jefe- No me refiero a esa mesa, Güito. Me refiero a qué tienes sobre el asesinato del argentino.
Tras contarle con pelos y señales hasta el último detalle, el Viejo apagó el cigarrillo con el que acababa de encender otro y nos metimos adentro. Nos pusimos de acuerdo en llamar a algunos hoteles que utilizaban los ingleses cuando venían a la isla, para verificar si había visitantes de dos o tres días. Si bien era normal que llegaran turistas de distintos rincones de Europa por dos o tres días, no era normal que lo hiciesen en días de semana.
Con el jefe ya trabajábamos sobre la teoría de que el asesino del argentino Rubén González había sido un inglés que había arribado a la isla con la única intención de vengarse de algo así como un festejo.
Además, descartamos la posibilidad de que el asesino haya sido alguien de la isla y que haya sido por deudas o impagos.
Finalmente, y de acuerdo a las fotos que tomó Largo, descartamos con el jefe que los disparos hayan sido hechos al azar; que las tetas de Elisa hayan sido operadas y que la prostituta chupóptera cobre más de 10 euros por una francesa.
Aunque aún desconocíamos los motivos, suponíamos que aquel asesinato tendría relación con el Mundial de México ‘86 y con la famosa ‘Mano de Dios’ con la que Maradona consiguió uno de los dos goles de Argentina ante Inglaterra.
Mientras llamaba a los contactos que tenía en algunos hoteles, se me dio por telefonear a mi amigo, el jefe de los municipales.
Me pidió que nos juntásemos a tomar un café y allí le conté mis sospechas.
Estábamos intercambiando datos, cuando una llamada del Viejo me alertó de que en un hotel rural, de esos que empezaban a estar de moda por ese entonces, había un inglés instalado que había contratado servicio sólo por tres días: martes, miércoles y jueves.
Largo me pasó a buscar con su barco y nos fuimos al hotel que estaba en jurisdicción de Santa Eulalia del Río.
El conserje o encargado nos aseguró que la persona que estábamos buscando acababa de retirarse y que se había ido con cierta urgencia, como si vinieran a cobrarle o se estuviera haciendo en los pantalones.
El inglés se había registrado como A. C. M. P. T. de Rody Jazz, según constaba en el libro de entradasd. Es decir con tres nombres (A. C. M.) y dos apellidos (P. T.). Rody Jazz era el pueblo o localidad inglesa donde tenía domicilio.
Volvimos a comunicarnos con los municipales, que ya estaban actuando para que A. C. M. P. T. no se escapara de la isla.
Corté y de inmediato mi móvil volvió a sonar con un número desconocido.
Era Elisa.
Su voz en el teléfono sonaba tan suave y sensual como su piel.
Me dijo que era muy importante que fuera a verlo al domicilio de la Notaría de su novio, Rubén González.
Allá fuimos con mi fotógrafo.
En la oficina, que era además la residencia fija de su novio, Elisa nos recibió con más calma que la vez anterior. Su rostro estaba más tranquilo pero seguía demostrando soledad. En seguida me vio y se echó a mis brazos. “Es terrible, señor Cruz”, dijo, y se largó a llorar.
Estaba claro que había encontrado algo muy feo.
Estaba claro que había recibido una nueva estocada en la herida.
Estaba claro, además, que sus tetas no eran operadas.
Le pedí que se sentara mientras Largo buscaba un vaso con agua.
Cuando pudo, habló. Dijo que no encontraba los vasos. Le dije que se fijara en un minibar, y en efecto, allí estaban.
La mujer, en tanto, balbuceó algo sin decir nada y entonces señaló el contestador automático del teléfono.
Me levanté, caminé hasta el aparato electrónico que registra las voces y vi la luz verde encendida.
- Aquí no hay vasos, Elisa -dije-.
- No Licenciado -comentó Largo-. Doña Elisa quiere que escuchemos el aparato.
Lo entendí enseguida. Accioné el rebobinado de la cinta y de inmediato se activaron los mensajes: uno de su hermana que desde Argentina le pedía dinero para ingresar a su madre en un geriátrico; dos de un amigo de Argentina informando no se qué cosa de Racing Club de Avellaneda y el crustáceo de una lora; uno de un amigo de San Antonio invitándolo a una cena y el último, un mensaje con un acento inglés muy particular.
Allí detuve la cinta para escucharlo con atención: “Querido aryentinou. Seguro te sorprende mi iamada, pero tenemos que aclarar eah, algunas asuntos. Búscami, esta noche a mediounoche, en el caiejón detrás de Iglesia de Santa Cruz. Si tú no vas buscarme, entonces yo vendré por chí. Aún recuerdo cómo festejas goles en 1986. Goles de Maradona a Inglatera en país de Méjico. ¿Lo recuerdos? Io si. Lo recordo perfectamente. Éramos en bar de Puerto de Ibiza, y cada goul de tu país lo gritabas en mai cara. Lo recordo perfectamente. Ese día risa para ti. Ahora que te encontro, riso io. Jajajaja”.
La luz azul del contestador indicaba que ya no había mensajes grabados.
Fue el inglés, estábamos en la pista segura.
Estaban llegando los municipales cuando nos retiramos de la casa de González.
Siempre tarde, como el Sargento García.
Con Largo nos fuimos al periódico, le informé las novedades al Viejo y en medio de la charla sonó mi móvil. Era el municipal avisándome que acababan de detener al inglés en una gasolinera y que le estaban requisando el coche en el que andaba.
Nos fuimos como balas.
Largo vació varios rollos de fotos. No eran exclusivas pues ya había otros medios en el lugar porque se trataba de una gasolinera céntrica y archiconocida por los ibicencos, pero sin dudas sería una buena crónica para el periódico.
El inglés, que había estado de vacaciones en julio de 1986 en Ibiza, había conocido a González en un bar de la zona de La Marina, en el Puerto de Ibiza, donde el notario acudía cada día. Lo conoció el día en que Maradona hizo los dos goles más recordados de la historia del fútbol en el mundo entero, y los dos goles, como el británico lo dejó grabado en el contestador automático, se los gritó en la cara, hecho normal entre los seguidores de un equipo de fútbol en Argentina o en España.
Por casualidad, o quizás porque estaba escrito debajo de la pata de alguna mesa de billar de la isla, inglés y argentino se sentaron uno al ladito del otro en el bar, aquella tarde, y vieron juntos el partido. González fue cliente habitual de ese bar incluso hasta el día de su muerte, por lo que no le fue difícil al asesino saber quien era el burlón.
Rubén Aparicio González, fanático y ferviente seguidor de la Selección Argentina de fútbol, le gritó los dos goles al inglés en el bar: el de la Mano de Dios, que Peter Shilton aún reclama a la FIFA, y el del largo desfile de calidad futbolística por todo el campo de juego, aquel enorme derroche de genialidad con la pelota en el que Diego Armando Maradona fue haciendo caer a los ingleses, en el trayecto de ida a la portería, como si fuesen palos de bowling o fichas de dominó.
Ese gol, que el propio Maradona definió después del partido, como el del corazón: “Lo hice con el corazón”.
De ahí los balazos.
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Esa noche terminé temprano. Con lo del inglés asesino llenamos una página y media, y con lo del trava la otra mitad. Paco finalmente hizo una buena entrevista al del ojo negro que, paradójicamente, había sido golpeada por Rober… perdón, por Mara. Celos entre travas.
Al salir pasé por Fotografía a buscar a Largo. El pequeño me acompañó un rato al velatorio de González.
Fuimos a acompañar a Elisa.
Aún me quedaban algunas dudas.
FIN